Políticas de empleo

por Mariano Medina
Ciertamente, algunos no dudarían en calificar a las políticas del actual gobierno como la continuidad de las aplicadas en los años noventa. Con trazos simples, en descarnado blanco y negro, esos calificadores argumentan que vivimos “más de lo mismo”. La realidad presenta matices que el análisis certero debe poner en evidencia.
Si bien es cierto que algunas políticas permanecen inalteradas –hemos señalado en otras oportunidades lo oprobioso de la estructura tributaria que recae con mayor peso sobre los que menos tienen–, en otros campos de la acción estatal se percibe un cambio de orientación claro y de consecuencias económicas, sociales y culturales interesantes.
Este es el caso de la promoción y apoyo del empleo. Si bien es cierto que el salario real de los trabajadores se mantuvo en el furgón de cola del crecimiento que la economía viene experimentando desde el año 2003, es necesario reconocer que la política del Ministerio de Trabajo consistió, en términos generales, en sostener el empleo.
Un ejemplo del apoyo estatal lo constituye el Programa de Recuperación Productiva (Repro), que consiste brindar a los trabajadores una suma fija de 600 pesos por el lapso de un año. A la fecha, el programa cubre, con ese dinero, una parte del salario de casi 115 mil trabajadores. Con ello se habrían morigerado los efectos del parate en la actividad derivado de la crisis internacional, permitiendo sostener el nivel de empleo sin que las empresas adheridas al programa deban recurrir a las tan temidas cesantías. En apenas dos meses, la cantidad de trabajadores beneficiados por el programa creció un 25 por ciento. La información consigna que, en caso de considerarlo necesario, el Gobierno estaría dispuesto a extender el programa durante todo el año próximo.
Este ejemplo muestra a las claras un cambio en la concepción política del trabajo. Durante los años de la convertibilidad, la política oficial consideraba al trabajo como una mera consecuencia del crecimiento económico: era rol del mercado, liberado de cualquier tutela del Estado, el asignar con eficiencia los recursos y distribuir el empleo entre aquellos trabajadores que estuvieran debidamente capacitados. De este modo el trabajo se flexibilizó de modo escandaloso, creció sustancialmente el empleo en negro, y se perdieron millones de puestos de trabajo, con las dramáticas consecuencias que ello supone sobre el ánimo social. Un programa como el Repro, en cambio, evidencia una concepción política bien distinta: el trabajo no es consecuencia, sino causa necesaria del crecimiento económico. Sin la plena utilización de los recursos humanos, no hay desarrollo ni bienestar generalizado.
Claro que falta mucho, y estamos lejos de la situación de justicia social y distributiva deseable. Al tiempo que la productividad laboral creció sustancialmente, durante estos años, los salarios se estancaron, no pudiendo participar los trabajadores del beneficio de su esfuerzo. Sin embargo, es justo reconocer los avances, que no son un alegre “regalo” del gobierno actual, sino la consecuencia de años de lucha de quienes no tienen otra cosa que vender más que su fuerza de trabajo.

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