Salario familiar y pobreza estructural

por Mariano Medina
Mucho se ha dicho en estos días respecto de los efectos inmediatos que tendrá la universalización de la asignación salarial por hijo. Recordemos que por decreto presidencial, los trabajadores en negro y los beneficiarios de planes sociales percibirán la suma de $180 por cada hijo menor de 18 años. Según todos los analistas, el efecto inmediato de la medida será elevar por encima de la línea de pobreza e indigencia a millones de niños. Creemos que nuestra sociedad tiene una deuda con los más jóvenes, y que sería suicida no atender en lo inmediato a ese sector de la población, ya que prefigura nuestro futuro. Sin embargo, sería ilusorio pensar que el establecimiento de este derecho solucionará de un plumazo y para siempre una situación de desigualdad que condena a la exclusión a una porción considerable de nuestra población. Veamos.
Hay dos modos de medir o computar la pobreza. El primero es el de la “línea de pobreza” y consiste en comparar los ingresos de una familia con el costo de una canasta básica de productos. Si los ingresos no alcanzan para comprar la canasta alimentaria, esa familia se encuentra en situación de indigencia. El aumento del ingreso familiar o la reducción del costo de la canasta básica, convierten “mágicamente” a una familia pobre en no-pobre.
El segundo método es el de las necesidades básicas insatisfechas: un hogar será pobre si sus integrantes viven apiñados durmiendo uno junto al otro, o si la vivienda es precaria y no cuenta con descarga de los desechos sanitarios a una cloaca, o si el nivel educativo del jefe de hogar es bajo. También será pobre un hogar con alguno de los hijos en edad escolar que no esté asistiendo a un establecimiento educativo. De acuerdo con este enfoque, la pobreza es un fenómeno estructural que sólo se resuelve con la intervención decidida y continuada (durante años o décadas) de los poderes públicos, los cuales deben garantizar el derecho a la educación, a la vivienda digna, y a servicios sanitarios esenciales.
Aunque mucho es lo que puede resolver la universalización del salario familiar, poco es su alcance en términos de pobreza estructural. En todo caso, junto con la medida decretada la semana pasada, es necesaria una batería de acciones que tiendan a paliar los efectos de esa pobreza de larga data que puede uno apreciar con sólo circular por algunos barrios de nuestra localidad.
Finalmente, y aunque parezca una perogrullada, sería bueno recordar que el motor que ha permitido a las sociedades –incluyendo la nuestra– salir de la pobreza, ha sido el trabajo dignamente remunerado.

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