por Mariano Medina
Quizás no haga falta recurrir a las estadísticas para tomar nota cotidiana de la desigualdad social. Una parte nada desdeñable de nuestra población sobrevive gracias al rubro “actividades extractivas”: recoger y seleccionar elementos reciclables entre la basura requiere, además de un bajo grado de calificación, del esfuerzo de todo el grupo familiar. Queda como un vago recuerdo, como un “cuento del abuelo”, los tiempos en que el sueldo de un trabajador alcanzaba para mantener a su familia. Hoy es común caminar por las calles de la tan paqueta Buenos Aires y observar el panorama de pobreza multiplicado por miles.
Sin embargo, los datos estadísticos difundidos por el INDEC la semana pasada, corroboran lo que la mirada atenta no puede eludir: desde 2007 hasta el presente, la distribución del ingreso se ha estancado. Desde aquel año, el 10 por ciento más rico de la población se apropia del 33 por ciento del ingreso, producto del esfuerzo de toda la sociedad, en tanto que el 40 por ciento más pobre –unos 16 millones de personas (en su mayoría niños)– perciben apenas un 13 por ciento de la riqueza social.
La información del archivo permite establecer que la historia de integración y ascenso social en la Argentina se revirtió a mediados de la década del ’70: desde 1975 hasta 2002 los trabajadores fueron empobreciéndose año tras año, al tiempo que la riqueza se fue concentrando en pocas y poderosas manos. A partir de la recuperación iniciada en 2003, la tendencia regresiva se revirtió, estancándose desde 2007 hasta el presente. Varios son los factores que explicarían este parate: la aceleración de la inflación por las características monopólicas del mercado de productos básicos y de materias primas, el lock out patronal de las entidades agropecuarias, la crisis financiera internacional, la caída de la actividad y su consecuente disminución en la demanda de puestos de trabajo.
De todos modos conviene recordar que durante los años de bonanza –entre 2003 y 2007–, el incremento de la productividad laboral fue mayor que los salarios, de modo tal que fueron los empresarios quienes obtuvieron el mayor rédito de la reactivación de la economía.
La distribución del ingreso no es un fenómeno natural. Indica de qué modo una sociedad reparte los ingresos que son generados a partir del trabajo, única fuente de toda riqueza. La distribución del ingreso tampoco es un dato meramente económico, sino que refleja el arco de alianzas y solidaridades sociales que permiten a los integrantes de una sociedad vivir mejor o peor. Ejemplos clásicos de sociedades con alto grado de equidad en la distribución son los países escandinavos, Japón y los países del centro de Europa.
La pobreza es consecuencia directa de la distribución inequitativa del ingreso. No debe atribuírsele únicamente al “espíritu del capitalismo” la causa de las heridas absurdas sobre el tejido social. El Estado cuenta con un arsenal de herramientas que permitirían salir del estancamiento y conducir un proceso de redistribución progresiva del ingreso. Si no las utiliza, será responsable de que el estancamiento persista, o de que se reviertan los logros valorables del modelo surgido tras la caída de la convertibilidad.

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