Mañana nunca se sabe

por Mariano Medina
El año, qué novedad, se termina. La vorágine de los acontecimientos hace que, en un diciembre etílico, perdamos de vista algunos hechos fundamentales, o tendamos a ubicarlos en una era prehistórica. Por caso, ¿alguien recuerda el tristemente célebre muro de la Horqueta? Es evidente que, como estrategia, la saturación de información a la que nos vemos expuestos, funciona. Pocos hoy tampoco recordarán el debate preelectoral respecto a la supuesta pérdida millonaria en la que incurría la reestatizada Aerolíneas Argentinas, o la necrológica sobre Alfonsín encumbrado a un bronce que solo el “viejito bueno” de Illia había alcanzado, o las diatribas desestabilizadoras de Marcos Aguinis, o el debate (o más bien, el ataque coordinado de los grandes medios de comunicación) sobre la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual.
Lo que queda claro es que tras años de letargo y de ausencia de debate político, el disenso resurge de sus cenizas. Quienes tenemos edad suficiente para haber vivido y actuado durante los años noventa, recordamos aquel tiempo como el triunfo de un pensamiento único que consistía en desacreditar cualquier punto de vista divergente: el país se encontraba transitando por la senda correcta del endeudamiento externo, la sobrevaluación del peso, la destrucción del tejido productivo en nombre de la eficiencia, la marginalización y exclusión de la otrora pujante clase trabajadora, al tiempo que enajenaba los activos sociales atesorados por generaciones de argentinas y argentinos al peor postor. La vía correcta, el neoliberalismo vernáculo, la convertibilidad, o como quiera catalogarse a ese proceso de reorganización nacional noventino, no encontraba techo. Y las mayorías electorales refrendaban alegremente ese destino en las urnas, aún contra sus propios intereses objetivos, en un caso clínico de alineación colectiva. Como en una pesadilla totalitaria, millones de personas fueron silenciadas, condenadas a la burla sobradora de los formadores de opinión y de los apologetas del “Casino Argentina”. En algo se parecían ese proceso democrático y cualquier forma de totalitarismo: la supresión del disenso, por la sinrazón o por la fuerza.
El hecho que podamos expresar nuestros puntos de vista, quizás a veces atinados, por un medio como este da cuenta de un cambio en la dirección de los vientos. Hoy podemos hablar y ser escuchados en un clima de libertad ninguneado hace tan solo una década. No se trata de la acción de un gobierno, sino del sustento que millones hacen día a día a ese clima de libertad. Respecto de este gobierno, de sus actos, de sus flagrantes errores, omisiones y espurias intenciones, hemos sido críticos sin por ello dejar de justipreciar sus aciertos, los cuales suscitan la ardorosa defensa de una parte importante de la población trabajadora, de la cual somos parte.
No intentamos en este espacio, semana tras semana, hacer docencia. Más bien, lo que siempre nos ha interesado es rescatar aspectos poco o lateralmente trabajados de nuestra dinámica y conflictiva realidad, a partir de la relectura e interpretación de algunos temas del día, puestos en su justa perspectiva: la de la memoria, la del ejercicio continuo de recordar quienes somos, qué hacemos, y qué deseamos.

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