El rol de las Fuerzas Armadas

Los Cascos Azules tuvieron que asumir las dramáticas consecuencias del terrible terremoto que afectó a Haití, el primer país políticamente liberado en 1804 y el más pobre en un continente de graves carencias. En el otro caso, turistas argentinos -muchos de ellos jóvenes- sufrieron las consecuencias de una imprevista inundación al visitar el mítico Machu Picchu, corazón del Incario en el Perú.

En ambos casos, los efectivos del Ejército, de la Armada y de la Fuerza Aérea, y en el segundo, sólo estos últimos, todos ellos conducidos por el Estado Mayor Conjunto (EMCO) de las Fuerzas Armadas, operaron con eficacia decisiva.
Dos aviones Hércules C-130 -el gran cuatrimotor de transporte con capacidad máxima de 90 pasajeros y una velocidad crucero de 500 km/h- llegaron de inmediato.
Fueron los primeros en arribar a la estación aérea de Puerto Príncipe. Hasta el propio presidente Obama reconoció la velocidad y la eficacia de la operación que trasladó víveres, médicos y otro personal para desarrollar una tarea enorme en un momento de caos y de desorientación, en el marco de una nación cuyo Estado había colapsado literalmente con el derrumbe de sus principales edificios públicos.
En Perú, el puente aéreo desarrollado con dos Hércules y dos aviones Fokker-28 de la I Brigada Aérea – amén del avión de Aerolíneas Argentinas que la Cancillería argentina contrató para acelerar el operativo de rescate- fue ejecutado con eficacia.
Las dos circunstancias, comunes en el enfrentamiento a la desgracia, disímiles en su valoración política, comprobaron el alto nivel de entrenamiento de los integrantes de las tres Fuerzas y también el adecuado nivel de mantenimiento de equipos que, con antigüedad sobre su lomo, se encuentran bajo el control de programas prioritarios desarrollados por el Ministerio de Defensa.
Por una parte, se ratifica una posición internacional de la Argentina de concurrir en auxilio integral de un pueblo hermano, como el haitiano, en una tarea que lleva ya más de cinco años.
Por la otra, se vuelve a manifestar la capacidad de intervención en fenómenos naturales que desbordan las previsiones normales de los efectivos militares. Así ocurrió también, en el caso de las inundaciones de Tartagal.
Desde las órdenes de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner a la ministra de Defensa Nilda Garré para acelerar el apoyo a Haití y concurrir al rescate de los compatriotas en Perú, el lapso temporal fue muy breve.
Los dos eventos demostraron que, aún con medios limitados pero cuidadosamente resguardados, las Fuerzas pueden desarrollar su entrenamiento y luego cumplir las misiones de rescate que constituyen una de las tareas auxiliares de sus misión central que es la Defensa del territorio, de las personas y de los recursos de la Nación.
Cumplir con el deber no demanda una certificación especial, pero el hecho de que ese deber se haya ejecutado con eficacia, profesionalismo y sencillez, ilustra acerca de un cambio en la concepción y la práctica de las Fuerzas Armadas que integran el área de la Defensa.
Lejos ya de la dictadura, fuera de las situaciones judiciales que enfrentan los responsables de los crímenes cometidos durante la “Proceso”, las Fuerzas Armadas están siendo asistidas por una política integral y racional de reequipamiento.
En ella ha ingresado la reconstrucción de los C-130, la compra de aviones para LADE, la puesta a nuevo a través del proceso de “media vida” del submarino “San Juan”, el próximo inicio del proceso de construcción de las patrulleras oceánicas para defender la soberanía económica en el mar, la recuperación de la Fábrica de Aviones de Córdoba, los créditos para la construcción de viviendas para oficiales y sub-oficiales.
Nada más lejos de todo ello que el supuesto complot de destrucción de la Defensa que una ultraderecha fuera del mapa de la historia y cierta demagogia de políticos, con altas dosis de ignorancia sobre el tema de la Defensa, intentan hacer circular en medios de comunicación complacientes para atribuírselo al Gobierno.
Haití y Perú probaron los contrario.

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